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OSCAR MESSINA

Agradecemos la nota a

 

 

DANIEL LACUMBERRY

pag. web. 

www.solopaleta.com

 

El Manco de Teodelina

y El Manco Legendario.

Historias para conocer.

Sacado del Diario Pagina 12. Por Guillermo Blanco

Si a los pibes de hoy les interesara saber sobre aquellos argentinos que escribieron la historia cuando el país era mucho más que una palabra hueca manipulada desde las tarimas preelectorales, aparecerán asombrosos personajes de antaño.

Sería como ingresar en el país del “No me acuerdo” de María Elena Walsh, donde “doy dos pasitos y me pierdo”. Aunque en realidad se trate de todo lo contrario, es decir de hurgar en la memoria de la PC nada menos que para ejercitar la mente y recordar.

 

Leyendo la página 2 del suplemento de Clarín del sábado 31 de agosto último, bajo el título de “Una tradición argentina”, se puede leer que “la pelota a paleta es un deporte que en numerosas ocasiones le dio satisfacciones a nuestro país. Y el Mundial de Pamplona lo confirma. Allí, en tierra navarra, se coronaron cuatro argentinos que compitieron en la especialidad pelota de goma en trinquete. Se trata de Luis Cimadamore, Juan Miró, Javier Nicosia y Andrés Dick...”.

Apelando a viejos y arrumbados recortes, de los menos visitados en cualquier archivo, se podrá encontrar lo que aún guardan algunos de nuestros padres y abuelos en su memoria. Los tiempos de los Utge en Olavarría, o más acá el de los Ross en Chacabuco, y de tantos otros representando otros lugares de la Argentina. En Teodelina, por ejemplo, linda ciudad en el límite de Buenos Aires con Santa Fe, más allá de Arribeños –donde hace más de un año una nube tóxica sembrara pánico– y más acá de Villa Cañás –donde hace ya algunos años naciera Rosa Suárez, más conocida como Mirtha “Chiquita” Legrand–, junto al mostrador aún se puede encontrar a un gaucho con pinta de renegado que recién se abrirá para la charla cuando advierta que el interlocutor es de confiar.

El hombre tiene un nombre y un apellido arrumbados en el registro civil, Oscar Messina. Pero para descubrirlo hay que hurgar bajo el seudónimo de Manco. El Manco de Teodelina. Una especie de símbolo de lo que fueron los pelotaris por estas tierras, cuando la Argentina era un país en serio y en las canchas se sucedían partidos memorables y anécdotas imperecederas.

Haga de cuenta el lector que está compartiendo el vino con el Manco, quien viene de un festejo algo alargado. El 4 de abril ha cumplido 72 años, y él ahí anda, chamuscado a la vuelta de la historia, olvidado y desvencijado como cada una de esas cuatro inseparables paletas con las que hiciera estragos en canchas abiertas, y se las rebuscara también para animarse con ventaja en cerradas. Desde hace muchos años, el cantinero Pocholo se ha encargado de autopromocionarse contando que una vez el Manco había dado un golpe con triple pared espectacular, al tiempo que gritaba a su rival: “¡Andá a buscarla a lo de Pocholo!”. Y a veces se recrea el orgullo zonal cuando aparece en el periódico arribeñense El Quitapenas o en La Nueva Voz Regional, de Teodelina.

Hasta los 12 años fue boyero en la chacra del convecino Juan Aberasturi. Un día, juntando la caballada para darles de comer a los animales, cayó mal del zaino y se quebró el brazo izquierdo. Por entonces no había yeso, y la única solución fue una madera de cajón de manzanas a la que ataron con unos piolines. Se podrá imaginar cómo le quedó de doblado el hueso. Así nació el mote de Manco (él se presentaba como “pelotario”), con el que copó todas las paradas posibles y protagonizó encuentros memorables, como aquel en Chascomús, donde supo aquerenciarse durante un buen tiempo. Fue contra el flamante campeón mundial Sether, en la cancha de Alumni. El Manco perdió ahí nomás y le pidió la revancha dándole un tanto de ventaja. Pero el “Ruso” no quiso. Ocurrió que éste había tenido tiempo de conocer todos los vericuetos de la cancha, ayudado por el baqueano Fito Ibarra. Aquella vez, el Manco jugó todo el partido de revés de zurda.

El, bajo su boina vasca y esa sonrisa pícara que solía mostrar en sus tiempos de esplendor, confiesa que su único trabajo “en serio” fue aquél de boyerito. Pero que después de esa experiencia preadolescente no le gustó mucho la cosa. “Después ya no trabajé más en mi vida. Me imagino que debe ser feo trabajar, porque hasta pagan para que uno lo haga.” Allá por el ‘51 se fue a vivir con unos gitanos por pueblitos de Santa Fe. Ellos “se ponían” para apostar y él jugaba. Todo iba bien que hasta quisieron llevárselo a Brasil y a Paraguay, pero él prefirió seguir paleteando por estos pagos. Y fue tan enemigo de la “yuta” como amante del oro. Estuvo preso durante nueve meses (“por agarrarme con unos milicos”) y ni siquiera allí aprendió a leer y a escribir, a pesar de que “en la cárcel había maestra y todo”. Como solía contarle a don Viruleg, el ya fallecido intendente del pueblo que le dio el apodo, “si de chico nadie me enseñó a gustar de los libros, qué iba a aprender de grande”. Acaso no supiera nunca que en la Capital Federal, antes de 1920, a este deporte lo había practicado uno de los más grandes escritores que diera este suelo, Roberto Arlt, quien jugó en el frontón de La Granja, ubicado en Rivadavia 9840.

En cada uno de los 22 ojales de su saco de lujo se hizo poner botones de oro. Lo recordó en 1978 el periodista Carlos Ferreira al entrevistarlo para El Gráfico. Aquella vez se contaron momentos épicos en la historia de este hombre singular. “Una vez jugamos un partido Ibarra y yo contra Delguy y Domingo Olite, en Lomas de Zamora. Duró como cuatro horas y nos ganaron 105 a 103. Fuimos tanto a tanto. Ibamos 104 a 103 cuando al “Flaco” Delguy le tiré un tambor impresionante. Más chato que cinco ‘e queso. Te lo juro, hermano –contó el Manco–. Entre la pelota y el piso no cabía la paleta de plano. Sólo Delguy podía agarrar eso... ¡Y de revés de derecha! Le metió la pala, la levantó y colocó la pelota muerta a medio centímetro del suncho. Qué bárbaro, sólo Delguy podía!”

En Chascomús debió iniciar un duro partido contra la muerte, el que aún continúa y con resultado favorable. Le extirparon un buen pedazo de un estómago demasiado agredido, pero eso no le impidió remontar la actividad cuando aún no le habían sacado los puntos...

Durante aquella misma charla con El Gráfico, un amigo contó: “Como el Manco Messina no hubo nadie. Esto lo vi yo. Le jugó él solo a César Bernal, el famoso Perro uruguayo, y a un tal Gallo. Fue un desafío. El Manco no arrugaba nunca y aceptó. Apostaban 60 mil uruguayos y a Messina le faltaba plata. Fue y la pidió. Pero resulta que eran pesos argentinos, mucho más dinero. Empezaron a jugar a las tres de la mañana y terminaron a las seis y media. Largaron cuando empataban 69 a 69. El Perro Bernal lo levantó en andas a Messina y lo paseó por toda la cancha”.

“El hombre del brazo de oro. Burlón, irónico, campechano, recitador empedernido, verseador, manager de sí mismo. Tonada de paisano que siempre encuentra un verso a mano para ubicarse o ubicar a quien lo escucha”, lo definió el desaparecido colega Piri García, quien tuviera como última guarida la oficina de prensa del Luna Park. Y para terminar las discusiones más pesadas, siempre hubo una Smith & Wesson calibre 32 a mano que le costó 50.000 pesos de los años ‘50, y difícilmente haya estado siempre adormecida en el cinto, escondida bajo el poncho de vicuña por el que pagó 60.000. Pero a veces debía usar la ironía en reemplazo del arma. Como ocurrió en Villa María, donde tuvo la feliz idea de hablar mal de los cordobeses. “Que son esto, que lo otro. De pronto se levantó de la silla un tipo doble ancho con cara de Aldo Rico y le preguntó: ‘¿Qué tiene contra nosotros, eh?’. Y el Manco respondió con una salida rápida: ‘¿Ah, sí? ¡Lo felicito, compadre; estaba ansioso por conocer un cordobés guapo!’.”

Cierta vez se tomó 60 Gancias al hilo. Al menos es lo que dice la historia pueblera, aunque ya se sabe que este tipo de leyendas suele ir engordando mientras el tiempo se añeja. Aún le leen apenas tres veces las poesías gauchescas y se las aprende. Tuvo dos hijos, cuatro paletas siempre listas y una rastra con 150 monedas de oro, de lo que tanto habló junto al mostrador de lo de Pocholo, donde tantas veces el payador de turno solía decir: “...y allá en Teodelina/cuna de grandes campeones/nació el campeón de campeones/’pelotario’ Oscar Messina”. Así lo describía Piri García: “Cabello ‘tordillo’, barba de dos días, campera de lujo con cuello de piel. Anillos que piden más dedos... cadena de oro en la muñeca derecha. Pantalón bombilla. Taquito militar. Parece el último embajador de una época que sólo rememora algún telón de fondo. Burlón, irónico, campechano, recitador empedernido, verseador, manager. Tonada de paisano que siempre encuentra un verso a mano para ubicarse o ubicar a quien lo escucha”.

El y tantos otros andaban de club en club, de pueblo en pueblo, de aventura en aventura. Transitaban un país que tenía alas para cobijarlos, para alentarles el vuelo, para ayudarlos a darle impulso a cada golpe de paleta. Ese país del “No me acuerdo”, en el que como dice la canción de la Walsh, “doy dos pasitos y me pierdo”. Ese que espera la refundación, una de cuyas maneras es rescatar el testimonio vital de caciques olvidados, que aguardan la muerte junto al mostrador con la remota esperanza de que alguien se les acerque para preguntarles cómo era antes, para poder entender mejor el mañana.

 

El Manco Legendario

En su humilde casa no tenía copas. Tampoco le importó ganarlas. Recorrió diferentes localidades de la Argentina, sobre todo de la provincia de Buenos Aires, mostrando un desfachatado talento. Siendo un ignoto le ganó con autoridad a rivales de renombre, el dinero que conseguía por medio de las apuestas lo dilapidaba en la milonga o en lujos excesivos, no le caía bien a los porteños, nunca escondió su favoritismo hacía la UCR, solía andar armado, no había terminado la primaria pero escribía poemas. Así se puede resumir la vida de Ismael Oscar Messina, más conocido como el Manco de Teodelina, uno de los grandes jugadores de pelota a paleta del país y quizás el gran mito olvidado del deporte nacional.

Sobre todo durante las últimas décadas del Siglo XIX y las primeras del Siglo XX, el fútbol todavía estaba recluido en los aristocráticos clubes y colegios británicos. La gran pasión popular era la pelota vasca, actividad traída por los inmigrantes llegados desde el País Vasco, y los frontones para jugar se extendían por todo el país. Roberto Arlt, el mismo que escribió las fenomenales Aguafuertes porteñas, jugaba en la cancha la Granja, ubicada en Rivadavia 9840, y fue una de las personalidades que práctico esta actividad. Muchas veces entre el público se podía ver a Carlos Gardel o a Bernabé Ferrerira, quien gracias a su traspaso récord de Tigre a River Plate inmortalizó el mote de Millonarios. En citas importantes no faltaron los presidentes de la Nación, caso Domingo Faustino Sarmiento.

En especial en las zonas rurales se jugaba con poco o nada de protección y los jugadores sentían las consecuencias. Terminaban con las manos hinchadas llenas de heridas y moretones. A veces para drenar la sangre se cortaban la palma de la mano con un cuchillo o se la hacían pisar. En 1904 Gabriel Martinen, un tambero de Burzaco apodado Sardina, con la ayuda de Francisco Marticonera, un inmigrante vasco, inventaron una paleta que dio paso a la versión argentina de la pelota vasca: la pelota a paleta, considerado el segundo deporte nacional después del Pato y el que más títulos del mundo le dio a la Argentina (41).

La flamante creación fue ganando adeptos y llegó a Teodelina, una localidad santafecina reconocida últimamente por Diego Buenanotte, el jugador de River Plate. Allí un pequeño Messina motivado por Don Ramón, su padre, empezó a familiarizarse con este deporte en el frontón del pueblo. A la hora de la siesta aprovechaba con sus amigos para ir a jugar, siempre y cuando la policía no los llevará detenidos. “Nos hacían baldear la comisaría, limpiar y después nos largaban. Ha habido tardes que me han llevao (sic) hasta 3 veces”, recordaba en una de sus últimas entrevistas quien fue el mayor de 5 hermanos de una familia muy pobre y que vivía en una casa de un ambiente.

A los 12 se ganó el apodo de Manco que lo marcó para siempre. Trabajando en el campo recibió el golpe de un caballo y se fracturó el brazo izquierdo. Como no había yeso se lo entablillaron con tablitas de dulce de membrillo y le recomendaron que lo tuviera quieto. Messina no hizo caso a la advertencia y se le formó un sobrehueso. En el mejor momento de la carrera se solía decir que “era tan manco como Gardel mudo”.

Un año más tarde comenzó el periplo por distintas localidades bonaerenses. Partió del pago natal con la idea de encontrar alguna cosecha para conseguir un peso extra. Mientras viajaba se paraba en cuanto frontón se le topaba en el camino y desafiaba al crédito local. La primera parada fue Coronel Suárez y gracias a las apuestas ganó 20 pesos. Pigüe, Bahía Blanca, General Pringles o Lamdrid, fueron algunos de los puntos que vieron al Manco, que era derecho pero que para jugar tenía una zurda endemoniada.

El Manco de Teodelina.

No tenía estudios básicos, pero compensaba su ignorancia con mucha viveza y picardía. La idea era presentarse ante la estrella local en lugares alejados de Teodelina, con lo cual los apostadores no lo conocían e iban con todo el dinero al jugador del pueblo. Seguramente más de uno se llevó una ingrata sorpresa cuando este ignoto joven destrozaba a su jugador predilecto. Así se fueron gestando infinidad de mitos en torno a su figura. Se cuenta que varias veces cansaba a su oponente con la derecha, cuando este no daba más, lo liquidaba con la izquierda.

En una ocasión, por insistencia de su padre, desafió al invicto de Colón Cabeza Papaolo. Ante 800 personas el Manco perdía 11-1 e intempestivamente su progenitor ingresó a la cancha gritando “sinvergüenza, arruinaste a todo un pueblo”. “Papá, vea que el partido va por 11 y es a 30”, contestó con tranquilidad su hijo. Ganó 30-23 y ese día recaudó 3.800 pesos.

El Manco no tenía inconvenientes de desafiar a cualquiera. Mientras él se fuera con plata (“yo por nada no juego”, solía decir) en el bolsillo no ponía trabas. El rival podía ser alguien sacado de una de las pulperías de mala muerte que frecuentaba o un campeón del mundo.

Esto último ocurrió en 1958 cuando enfrentó junto al Negro Cacho Acevedo, su compañero de ruta, a Armando Olite/Juan Andrade, recientes ganadores del mundial en dobles, que hicieron todo lo posible para evitar enfrentarlo. Finalmente cedieron a la presión. Perdieron 30-27 y la leyenda dice que prácticamente fue Messina contra Olite/Andrade.

Otra anécdota ocurrió en el Club Gutemberg de La Plata. Aquella vez El Manco, que oficialmente sólo registra una participación en el Campeonato Argentino de 1971, se impuso en un duelo después de tomarse 8 medidas de whisky con tónica.

Desde ya que todas estas andanzas, seguramente agrandadas con el paso del tiempo, llegaron a oídos de varios dirigentes de clubes que querían sumarlo a sus equipos profesionales. Lo contrató Gimnasia y Esgrima de La Plata, pero los días en la institución platense fueron breves. Lo suspendieron porque no quería sacarse un sombrero entrerriano de color hueso que llevaba puesto. Así se empezaban a ver algunos de sus delirios cercanos a los de una estrella de rock.

Messina era fanático de los perfumes caros y, sobre todo, del oro. “Un día fuimos a Rosario. Pasamos por una joyería y ve en la vidriera un mate muy grande de plata con una bombilla de plata cuya punta era de oro. Entró a la joyería y preguntó cuánto salía. Le dijeron un platal, que sé yo cuánto era. ‘Si ganó esta noche vengo mañana y lo compro’, dijo. Fuimos al Club Gimnasia y Esgrima, ganamos los dos partidos y al otro día fue y lo compró”, recuerda Juan Carlos Salamín Medici, eximio jugador contemporáneo al Manco. “¿Ha ganado mucha plata?”, le preguntaron ya jubilado. “¡Fortunas!”-exclamó- Ahora no tengo nada. La tiré ¡Y si nunca trabaje!”. A sí mismo se calificaba como un “vago”.

Ante semejante talento suelto la Federación Argentina no dudó en llamarlo para la preselección que se estaba preparando para el Mundial. Fue citado al Club Platense en donde enfrentó a los mejores exponentes del país y los superó a todos. Terminada la práctica los entrenadores le dijeron que en pocos días le confirmaban si quedaba entre los convocados definitivos. El Manco, un hombre de pocas pulgas, se enojó. “Le gane a todos, de mí qué tienen que evaluar. Veo que esto esta reservado para acomodados”, espetó el santafecino. Nunca más se lo volvió a citar y los porteños no quisieron saber más nada con tenerlo cerca.

“Yo no fui campeón mundial porque a mi no me mandaron porque yo soy radical y en aquel tiempo estaba Perón. Yo era una paisano mal llevao (sic), no me dejaba manosear por esos cara sucia, y de yapa, era radical; tenía todas las contras. Pero, ¿qué les ganaba? ¡Les robaba! Pero no me mandaban ¿Viste vos, cómo es la vida?”, contó Messina sobre la experiencia fallida dentro de la selección argentina.

El favoritismo hacía UCR jamás fue un secreto, inclusive en épocas en las cuales el peronismo estaba en el apogeo. En una de las tantas noches de borrachera el Manco gritó “viva el partido radical”. “Yo soy peronista y ha mucha honra”, le retrucó un panadero que lo escuchó. Messina no dudó en sacar su escopeta Smith and Wesson, apuntó al techo y disparó. Fin de la discusión.

Esa no fue la única vez, por lo menos que se tenga constancia, que usó un arma, la que solía llevar escondida debajo de un poncho. Por cuestiones reglamentarias a último momento fue suspendido para participar en un Campeonato Argentino y se le aplicó una sanción de 99 años. Furioso cuando le informaron la pena desenfundó una Colt Caballito calibre 32 y apretó el gatillo. Por suerte otra vez las balas dieron contra el techo. “Me preocupa, más que jugar campeonatos oficiales, el hecho que me hayan confundido con un elefante ¿Qué significativo tiene suspenderme tantos años?”, expresó.

Esa fue la última vez que el Manco, que vivió en Chascomús, en donde entabló una relación amistosa con Raúl Alfonsín, al que tenía como vecino, se vinculó con una competencia oficial. Volvió a su habitad natural: la ruta, el boliche de baja calaña y el frontón de algún pueblo perdido.

Murió el 11 de mayo de 2005 sin nada, en silencio y olvidado, aunque jamás se arrepintió de lo que había vivido. En los lugares por donde pasó dejó su sello y todavía algunos que peinan canas entre mate y mate en la plaza recuerdan los infinitos mitos y leyendas que rodean a la figura de este personaje único e irrepetible.

 

Fuentes/Links relacionados

Breve Historia del Deporte Argentino (Ezequiel Fernández Moores)

La leyenda del “Manco” Messina (Entrevista con el Manco. Parte 1) (colonbuenosaires.com.ar)

La leyenda del “Manco” de Teodelina (Entrevista con el Manco. Parte 2) (colonbuenosaires.com.ar)

El Manco de Teodelina (Página 12)

Leyenda del Manco de Teodelina (La Nación)

Lo llamaban “El Manco de Teodelina” (La Opinión de Pergamino)

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